Era todo un espectáculo circular por el pueblo en ese momento del día. La luz vespertina matizaba el amarillo picante matinal y le otorgaba a las apacibles callejuelas un tono azafranado -dulzón, pero bochornoso-, mientras la atmósfera era invadida por libélulas rojas con las alitas transparentes que podían salir de cualquier rincón, como si ellas también hubiesen sido liberadas de su encierro y se dirigiesen todas, en tropel, a conquistar el aire. Se posaban en el manillar de la bicicleta y se acercaban, sedientas, al brocal de los pozos y a los cubos repletos de agua que había en los huertos, buscando el fluido bienhechor que las aliviase, pero algunas se acercaban tanto que caían en él, y, al pegarse sus alas, morían ahogadas por aquel mismo que había de salvarlas.
Allí las llamaban caballitos del diablo.
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Saludos con el viento
8 comentarios:
Le dejo mi huella para poder seguir estas palabras.
Saludos.
Hermoso y triste... A veces es tan difícil medir con precisión la línea que traspasa la vida de la muerte.
Gracias Rubén, de tú, por favor, somos compañeros de vocación.
Bienvenido. Ya he pasado por tu blog, pero espero poder hacerlo con más detenimiento.
Un cordial saludo.
Es cierto Amando, todo depende de la medida en que se tomen las cosas...
Un abrazo
Te dejo mis huellas,pues.
Un saludo. ¡Nos leemos!
Lo que nos puede salvar nos puede matar... Es la mejor definición del amor que se puede decir. Un beso.
Si. Supongo que puede aplicarse a muchas cosas, por no decir a casi todo.
Un beso
¡Nos leemos!
Un saludo.
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